
Tiene almidón de mandioca, cuesta $2.000 y nació casi como un juego entre amigos. Hoy agota ventas y proyecta nuevos sabores regionales.
Lo que comenzó como una simple búsqueda de algo dulce para merendar terminó transformándose en un emprendimiento con identidad propia. Cuatro estudiantes posadeños de entre 16 y 17 años crearon El Misionero, un alfajor artesanal elaborado con almidón de mandioca que ya conquistó a clientes dentro y fuera de Misiones.
El producto se vende a $2.000 la unidad y, según sus creadores, se destaca por su tamaño, la calidad del dulce de leche y una receta que busca representar los sabores de la provincia.
Una idea nacida entre amigos
Thiago Pereyra, Franco Martí, Nicolás Leguizamón y Thiago Sosa cursan cuarto año en la Escuela Secundaria de Innovación de Posadas. La historia del alfajor comenzó hace dos años, cuando buscaban una merienda en el centro de la ciudad y no encontraban una opción que convenciera a todos.
Después de recorrer varios locales sin éxito, surgió una propuesta que inicialmente sonó a broma.
—¿Y si fabricamos algo nosotros? —planteó Thiago Sosa.
La ocurrencia terminó convirtiéndose en proyecto.
“Mirando reels de Instagram vimos que muchas provincias tenían alfajores característicos y pensamos que Misiones también podía tener uno que representara lo que produce”, recordó Thiago Pereyra.
La mandioca como sello local
Con la idea ya encaminada, comenzaron a investigar junto a padres y docentes hasta encontrar un ingrediente clave: el almidón de mandioca.
Dos de los integrantes tenían algo más de experiencia en cocina y empezaron las primeras pruebas.
“Al principio la masa no salió como imaginábamos, pero fuimos ajustando la receta hasta lograr el resultado que buscábamos”, contó Pereyra.
El alfajor combina fécula de mandioca, harina leudante y dulce de leche, logrando una textura que, según Nicolás Leguizamón, es una de sus principales virtudes.
“La masa prácticamente se derrite en la boca y eso nos gustó muchísimo”, explicó.
La elección del formato tampoco fue casual. Los cuatro coincidían en su gusto por los alfajores y valoraron además la posibilidad de producirlos y venderlos individualmente.
Al tratarse de una elaboración artesanal, averiguaron también su duración estimada, que oscila entre cinco y ocho días.

Un nombre bien misionero
La marca quedó definida como El Misionero y eligieron como emblema un hornero, símbolo que sintetiza el espíritu del proyecto: destacar lo local y construir algo propio desde cero.
Actualmente el producto se comercializa con un envoltorio transparente y una etiqueta de papel, aunque ya trabajan en mejorar su presentación.
“Queremos un packaging distinto y también pensamos en cajitas para que pueda regalarse”, explicó Franco Martí, mientras Thiago Sosa mostró algunos prototipos.
De la escuela a las ferias y otros destinos
Los primeros compradores fueron familiares y amigos. Después llegaron los compañeros y docentes.
“A todos les gustó y nos pedían que lleváramos más”, recordaron los jóvenes.
El emprendimiento encontró además un espacio de aprendizaje dentro de la escuela, donde cursan materias vinculadas a economía y proyectos productivos.
“Hablar con los profesores nos ayuda mucho porque aprendemos cómo vender y cómo reinvertir lo que ganamos para mejorar”, señalaron.
Las ventas comenzaron a multiplicarse. En una reciente feria de ciencias escolar llevaron alfajores como muestra y terminaron vendiéndolos todos.
“Nos dimos cuenta después de que no habíamos guardado ninguno”, contó entre risas Thiago Pereyra.
La demanda los obliga hoy a producir varias veces por semana, generalmente en la casa de uno de ellos, que por momentos funciona como pequeña fábrica artesanal.
“Tenemos pedidos de hasta cinco docenas y hacerlas puede llevarnos unas cuatro horas. Tal vez con alguna máquina sería más fácil, pero por ahora trabajamos con lo que tenemos”, explicaron.
Ventas que cruzan fronteras
Además de ofrecer El Misionero entre conocidos y en la escuela, los jóvenes salieron a vender en otros espacios, como la Costanera de Posadas, donde obtuvieron buena recepción.
También lograron compradores en distintos barrios y comenzaron a recibir pedidos desde otras provincias.
“Mandamos a Rosario y tengo un tío en Chaco que también nos pidió”, comentó Pereyra.
El crecimiento del proyecto, sin embargo, convive con una prioridad clara.
“Ellos saben que el emprendimiento es muy lindo y lo disfrutan mucho, pero primero está terminar la secundaria”, remarcó la madre de uno de los chicos, quien colabora en la elaboración.
Nuevos sabores en camino
Aunque el alfajor original continúa siendo el más pedido, los estudiantes ya imaginan nuevas versiones inspiradas en ingredientes regionales.
Una de las ideas que más entusiasmo genera es un relleno de palta.
“Queremos probar una especie de mermelada de palta. Creemos que puede quedar muy rica”, comentaron.
El interés por innovar también incluye opciones aptas para personas con restricciones alimentarias.
“Pensamos en rellenos sin lácteos y en un alfajor totalmente libre de gluten, aunque todavía está en etapa de proyecto”, agregaron.
Desde su entorno destacan que la experiencia les permitió aprender sobre producción, comercialización y vinculación con otros emprendedores. Incluso una empresa productora de almidón de mandioca ya se interesó por conocer más sobre el proyecto, atraída por la visibilidad que el alfajor aporta a un ingrediente emblemático de Misiones.
Para estos cuatro amigos, lo que nació como una merienda improvisada ya es mucho más que un simple alfajor: es una idea con sabor local y aspiraciones de crecer.
Con información de El Territorio

