drodriguez 14 abril, 2026

En un contexto económico adverso, sostener proyectos en escuelas públicas implica un esfuerzo adicional. Sin embargo, la mano de obra calificada -docentes y alumnos- se convierte en el principal capital.

El dispositivo busca mejorar la movilidad de personas con discapacidad.

A partir de un bosquejo inicial, el trabajo avanzó hacia el desarrollo de planos, cálculos estructurales y ensayos prácticos. “No es algo que compramos y armamos. Muchas piezas se fabricaron en la escuela, detalla Juan Palacio, profesor de taller y licenciado en Educación.

Los estudiantes no solo participan en la parte práctica. También intervienen en el análisis teórico, evaluando esfuerzos, resistencia de materiales y condiciones de seguridad. Cada prueba se realiza dentro de la institución, donde docentes y alumnos testean el dispositivo para garantizar su funcionamiento.

El objetivo es claro: que cualquier persona pueda utilizarlo sin riesgos. Por eso, el diseño está sobredimensionado y preparado para soportar distintos pesos y condiciones de uso.

Aprender haciendo, ayudar transformando

Más allá del resultado final, el proyecto redefine la forma en que los estudiantes se vinculan con el aprendizaje. No se trata solo de cumplir con una currícula, sino de entender para qué sirve lo que se aprende.

Los chicos ven los contenidos durante todo el año, pero cuando hacen algo que funciona y que pueden trasladar a la vida cotidiana, es otra cosa”, señala Bordiga.

La dimensión social es clave. El proyecto pone en el centro la inclusión, entendida no solo como integración dentro de la escuela, sino como la capacidad de generar soluciones para quienes están afuera.

Esa mirada también impacta en los estudiantes. Valentino Carducci, alumno de sexto año, resume la experiencia desde su lugar: “La satisfacción de poder ayudar a alguien que no tiene los medios para acceder a algo así es lo más importante”.

El trabajo se organiza de manera colaborativa entre distintos cursos y turnos. Alumnos de cuarto, quinto y sexto año participan según su disponibilidad, lo que convierte al proyecto en una verdadera construcción colectiva.

Estudiantes participan en el diseño, fabricación y prueba del proyecto.

Un proyecto que mira al futuro

Lejos de quedarse en este primer desarrollo, el equipo ya piensa en nuevas mejoras. La idea es evolucionar el dispositivo hacia un modelo más avanzado, que incorpore asistencia eléctrica y mayor autonomía.

El sueño es lograr una silla que se acople y desacople, y que también pueda moverse de forma eléctrica, anticipa Bordiga.

Esa proyección combina dos ejes clave: inclusión y movilidad sustentable. Un desafío que, además de técnico, es educativo. Porque implica seguir formando estudiantes capaces de pensar soluciones innovadoras a problemas reales.

Para los docentes, el impacto trasciende lo material. Verla rodar en la calle sería un orgullo enorme, afirma Palacio. No solo por el resultado, sino por el proceso que lo hizo posible.

En tiempos donde muchas veces se cuestiona el sentido de la educación técnica, experiencias como esta muestran su potencia. Cuando el conocimiento se conecta con la realidad, el aprendizaje deja de ser abstracto y se convierte en transformación.

 

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